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Atención Primaria Dignificar lo esencial: una mirada para desjerarquizar la vida
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Vol. 58. Núm. 6.
(Junio 2026)
Editorial semFYC
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Dignificar lo esencial: una mirada para desjerarquizar la vida

Dignifying what matters most: a perspective on breaking down life's hierarchies
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Víctor Afán de Rivera Atienzaa,
Autor para correspondencia
victor.afanrivera@gmail.com

Autor para correspondencia.
, Paula Bellido Izquierdob
a MIR medicina familiar y comunitaria, CS Campanar II, Valencia, España
b MIR medicina familiar y comunitaria, Centro auxiliar Vicent Brull, Valencia, España
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Las IX Jornadas de Medicina Rural de la semFYC se celebraron en Morella, Castellón, los días 3-4 octubre del 2025, y el comité organizador de la jornada nos encargó la mesa inaugural, que titulamos «Dignificar lo esencial: una mirada para desjerarquizar la vida»..1

Preámbulo

A los seres humanos nos gusta prejuzgar la realidad y, para ello, tendemos a categorizarla de manera dicotómica. Las dicotomías plantean realidades contrapuestas, que simplifican en grado extremo la complejidad de la vida.

Nuestra cultura se ha construido sobre dualidades: cuerpo y alma, bien y mal, razón y sensibilidad. Sin embargo, en la práctica cotidiana de la atención primaria late una lógica integradora: la del vínculo, la continuidad y la interdependencia. En ese espacio intermedio se teje el hilo que une a tantas médicas y médicos de familia —rurales, cuidadoras, primaristas—, y que nos invita a repensar cómo entendemos el mundo.

El mundo vivo se compone de un abanico de colores, sonidos y formas, que difícilmente pueden separarse en categorías no solapantes. Donde la razón imagina barrancos, la vida construye puentes.

La dicotomía platónica

Pensadores presocráticos como los pitagóricos ya planteaban los contrarios como clave para entender el mundo. Consideraban que la realidad última del cosmos se basaba en proporciones matemáticas y armónicas, separadas de lo imperfecto del mundo material.

Platón continuó este camino del pensamiento, convirtiéndolo en eje estructurante de la filosofía occidental posterior. Para él existían 2 realidades contrapuestas: el mundo de las ideas: perfecto, eterno, intangible; y el mundo sensible: imperfecto y pasajero, al que accedemos con los sentidos. Afirmaba que el alma pertenecía al mundo de las ideas y que, al nacer, perdía memoria de aquellos conceptos que conoció. Para Platón, el sentido de la existencia es recuperar el conocimiento perdido mediante el uso de la razón.2

Esta visión de una realidad escindida ha impregnado nuestra cultura y nuestras creencias de forma profunda. El catolicismo, entre otras muchas religiones, recoge esta visión: la tierra como lugar de pecado y prueba, la vida verdadera como promesa futura en el reino de los cielos tras una vida vivida con virtuosismo.

Sin embargo, interpretar la realidad desde este prisma tiene consecuencias. Si consideramos el mundo vivo como un alquiler temporal o lugar de paso, es fácil que dejemos de valorarlo. Y si pensamos que lo que importa sucede en otro plano, corremos el riesgo de descuidar todo aquello que sostiene la vida.

Con esta mirada, proponemos detenernos en 4 dicotomías, claves para entender algunos de los retos a los que nos enfrentamos en la actualidad, tanto a nivel humano como sanitario.

La dualidad naturaleza / civilización

En primer lugar, directamente derivable de los postulados platónicos, se encuentra la contraposición entre naturaleza y civilización, configurada a lo largo de siglos como una tensión entre lo vivo y lo desligado de la vida. La naturaleza implica pertenencia: formar parte de un entramado de relaciones donde humanos, otros animales, plantas y paisajes coexisten y dependen unos de otros. Es lugar de inicios, finales, ciclos, y es experiencia directa con lo que nos sostiene.

El proceso civilizatorio, por el contrario, nace de un desarrollo histórico que ha separado al ser humano de su entorno. El dualismo filosófico, la ilustración, la revolución industrial y, en último término, la lógica neoliberal, han alimentado este desarraigo, que se manifiesta en una cultura que convierte lo vivo en recurso y mide su valor en términos de utilidad mediante una visión tecnocéntrica y productivista. Este sistema promueve un estilo de vida que apenas requiere contacto con la tierra o los ritmos naturales: consumimos lo que está embalado, procesado y aséptico, olvidando que comemos animales que tuvieron pieles, plumas y espinas; frutas y hortalizas que tuvieron raíces, lombrices y tierra.

Hemos aprendido a no ver al resto de seres vivos como sujetos con agencia, como cohabitantes: ¿Cuántas marcas de coches podrías nombrar? ¿Y cuántos pájaros? Esta ceguera facilita los cauces para la destrucción de la naturaleza en pos del desarrollo, y dificulta movilizarse para protegerla. Así, la crisis ecológica actual no es solo una crisis de los ecosistemas, sino una crisis de sensibilidad: la pérdida de vínculos perceptivos, emocionales y cotidianos con lo vivo.

En este sentido, la contraposición naturaleza / civilización no es solo geográfica o material; es también simbólica. En la tradición occidental, lo natural ha sido asociado a lo primitivo o atrasado, mientras que la civilización se reviste de modernidad y progreso. Recuperar la conexión con la naturaleza exige cuestionar esta jerarquía cultural y reivindicar el valor intrínseco de lo vivo como parte central de nuestra identidad y supervivencia.

La dualidad rural / urbano

Sin apartarnos demasiado de la anterior, nos encontramos con la segunda de las dicotomías: lo rural frente a lo urbano. Lo rural como espacio donde la naturaleza y la humanidad continúan unidas, donde las estaciones dejan huella en el cuerpo y en la memoria. Donde se suda bajo el sol, huele el estiércol, salpica el barro y pican los insectos.

Esa cercanía a lo vivo se ha denostado durante siglos, encontrando en la ciudad el escenario del mundo racional platónico y modelo de vida desarrollada y cómoda. El valor social se asocia a vivir entre cemento y hormigón, terrazas y supermercados, entre el ruido de los coches, las obras y las máquinas.

Ejemplos de esta jerarquización son el éxodo rural de los últimos 2 siglos y cuya consecuencia más visible es la España vaciada; o conflictos locales como el del poblado de La Punta, en València, donde la huerta forma parte fundamental de la identidad del mismo. El crecimiento sostenido de la ciudad, así como las sucesivas ampliaciones del puerto, han causado que La Punta haya perdido espacio, huerta y playa poco a poco. Su población cada vez más arrinconada por la ciudad y la civilización.

El lenguaje también refleja esta jerarquía entre ambos mundos: pueblerino frente a urbanita, villano frente a ciudadano. Y, aunque la ciudad moderna depende del campo para sobrevivir, el relato dominante insiste en presentar lo urbano como ideal civilizatorio y de progreso.

La sostenibilidad en el futuro probablemente dependerá de saber equilibrar la relación entre ambas, y devolver valor a lo que ocurre en los pueblos. Estos pueden actuar de ejemplo para crear modelos de vida más conscientes y comunitarios en las ciudades, así como las ciudades pueden servir como guía para imaginar ruralidades más diversas e inclusivas.

La dualidad varón / mujer

Las dicotomías mencionadas son una muestra de cómo la historia de nuestra cultura ha privilegiado lo productivo sobre lo reproductivo. Esta jerarquía se plasma también en las relaciones humanas, dando lugar a la división de los roles de género, con la que llegamos a la tercera contraposición: el binomio varón / mujer.

Si algo caracteriza la historia de los cuidados es que ha tenido rostro de mujer: la crianza, la alimentación, la higiene, la asistencia a enfermos, ancianos; han sido tareas históricamente procuradas por el sexo femenino, en muchas ocasiones, además esclavas o migrantes. Estos trabajos las excluyeron durante siglos del proceso civilizatorio, al encontrarse, en el mejor de los casos, escasamente remunerados.3

Desde la antigüedad clásica hasta nuestros días, sostener la vida se ha considerado una tarea menor, relegada al ámbito privado. En la polis griega, solo los varones ciudadanos tenían derecho a voz y voto. Mujeres, esclavos y extranjeros quedaban al margen del espacio donde se definía el sentido de la comunidad. El derecho a opinar y a decidir estaba reservado a quienes podían vivir desprendidos del trabajo de sostener la cotidianeidad. La esfera de la abstracción, de la estrategia y del pensamiento, era masculina.4

Hoy, como entonces, el sujeto neoliberal arquetípico obtiene reconocimiento social y de clase por actividades desvinculadas de la materia viva: los mercados financieros, la tecnología digital, la especulación, etc. Mientras tanto, el cuidado de los cuerpos vulnerables, de las casas, de los alimentos, sigue sin ocupar el centro de la agenda pública ni del prestigio social. Y, sin embargo, ¿cuántos se podrían dedicar al mundo de las ideas —política, economía, ciencia, innovación— si desapareciera la figura, remunerada o no, de cocineras, limpiadoras, cuidadoras de niños, ancianos y dependientes? ¿Cuál de los 2 mundos hace posible la existencia del otro? ¿Por qué restamos valor a lo que nos sustenta?

En este caso, la salida no puede pasar únicamente por equilibrar la balanza entre ambos géneros, sino por cuestionar la existencia misma de esa balanza. El género, tal como lo hemos heredado, no solo distribuye el poder y el reconocimiento, sino también las formas de cuidar, de relacionarnos y de percibir y mostrar la vulnerabilidad. Organiza la vida social en torno a una diferencia que se toma por natural, pero que es cultural y estructuralmente producida.

Superar esta dicotomía no implica negar la diversidad de cuerpos o identidades, sino liberarlas de un marco que las jerarquiza y las limita. Reconocer que la capacidad de cuidar, sostener y pensar nos pertenece a todos por igual, sin etiquetas. Solo así podrá emerger una manera verdaderamente igualitaria de entender lo humano y lo vivo.

La dualidad atención primaria / atención hospitalaria

La medicina, por último, también reproduce estas tensiones. Las especialidades técnicas, asociadas a la ciencia más avanzada, obtienen un reconocimiento y una dotación que no siempre se corresponde con su impacto colectivo. Los determinantes sociales de la salud —condiciones de vida, medio ambiente, educación o empleo…— explican la mayor parte de los resultados en salud de la población y5, sin embargo, la inversión sanitaria en ellos es mucho menor a la dedicada a la medicina técnica y personalizada6. La atención más próxima, cotidiana y comunitaria ocupa un lugar secundario en la jerarquía simbólica.

La medicina hospitalaria encarna el paradigma moderno: especialización, velocidad, tecnología, eficiencia. Se beneficia de la misma jerarquización de la que venimos hablando, absorbe la mayor parte de la visibilización cultural y audiovisual. Además, cuenta con una valoración institucional privilegiada, que la dota con el cuádruple de financiación que a su contraparte primarista7. Incluso en algunas comunidades autónomas, los especialistas hospitalarios reciben una remuneración superior8. A pesar de contar con menores recursos, la atención primaria resuelve más del 80% de las consultas9 y es una de las partes del sistema mejor valoradas por la población.10

La atención primaria no se entiende sólo como una prestación de servicios. La relación que se teje entre profesionales y pacientes desborda lo meramente asistencial: se funda en la continuidad, el reconocimiento mutuo y la confianza. No se trata únicamente de aplicar un conocimiento preciso sobre cuerpos enfermos, sino de acompañar trayectorias vitales. Ser primarista no es solo una cuestión de competencia, sino también de presencia.

La atención primaria representa ese lugar donde los vínculos son la base, donde la longitudinalidad es fidelidad, donde el cuidado no se industrializa, donde la accesibilidad es condición intrínseca. Esta forma de practicar medicina se fundamenta en el valor de la relación clínica y en el manejo de la incertidumbre. En la consulta las dudas, en muchas ocasiones, no se resuelven, se transitan y se aceptan. La subjetividad, la biografía y la interacción pesan tanto o más que la tecnología diagnóstica. Como dice Polly Morland en Una mujer afortunada: «Si el bisturí es el instrumento esencial del cirujano, la relación personal es el del médico de familia»,11

Con todo, este tipo de vínculo se ha ido debilitando. El cambio cultural, la intolerancia a la incertidumbre, la creciente presión asistencial y la tendencia a estandarizar intervenciones han provocado que lo relacional quede relegado a un segundo plano. En un sistema sobrecargado, tener acceso a un médico —no importa cuál— se vuelve una urgencia que desplaza la posibilidad de establecer lazos duraderos. Pero quizás lo más inquietante sea que la experiencia de una atención centrada en la relación esté desapareciendo del imaginario común. Si cada vez menos personas viven lo que implica tener una médica de referencia, alguien que conoce su historia y las acompaña en su proceso de salud, ¿cómo defender algo cuya existencia ni siquiera se sospecha?

Cierre

Este análisis pretende mostrar cómo todas estas dicotomías se encuentran enlazadas por un hilo común, la interdependencia. La naturaleza posee los recursos con los que construir civilizaciones. La ruralidad cultiva y cría el alimento que nutre a los ciudadanos. Las mujeres cuidan para que los hombres prosperen. La atención primaria vela por la salud colectiva para que la atención hospitalaria pueda dedicarse a la salud individual.

Las tensiones entre estas dualidades son reflejo de una crisis de cuidados que, por supuesto, no es ajena a la crisis ecológica. Ambas derivan de una cultura que niega la complejidad, la dependencia y la vulnerabilidad. En este marco, la mujer, lo rural y lo vivo ocupan un lugar invisibilizado, pero imprescindible.

De la misma forma, la naturaleza y los seres vivos que la habitan merecen ser vistos con unos ojos que no los reduzcan a meros medios para un fin productivo, sino como compañeros de viaje con los que poder convivir en simbiosis y armonía.

Sin embargo, estas reflexiones no persiguen generar un discurso de enfrentamiento entre cada una de las dicotomías. No se trata de denostar la civilización, la ciudad, los hombres, ni el hospital. Del mundo de las ideas se originan realidades muy valiosas: filosofía, ciencia, arte, derechos humanos,… Tampoco sería inteligente invertir la jerarquía. La intención es equilibrar la balanza: reconocer que el mundo de las ideas es posible por quienes sostienen la vida. Rescatar el valor de ese mundo de lo sensible, lo tangible, lo esencial. Reconocer lo que no debe entenderse por separado sino entretejido por su interdependencia.

La vida cotidiana, la salud de nuestros pueblos y la dignidad de los cuerpos vulnerables son tareas que merecen reconocimiento y compromiso colectivo. Ahí reside la posibilidad de una mirada regeneradora: recuperar la sensibilidad, el vínculo, la importancia de cuidar y de habitar.

En este sentido, la atención primaria, especialmente en contextos rurales, es refugio y altavoz de estos valores: aquí se escucha, se acompaña y se habita. Es donde la relación clínica sigue ocupando un lugar central, donde no se olvidan las historias y los contextos. Por eso, las instituciones deben preservarla, la ciudadanía defenderla y las sanitarias ocuparla. Porque si desaparece, dejará de imaginarse, y lo que no se imagina, no se puede amar.

Influencias

1. Shiva V. Quién alimenta realmente al mundo. Barcelona: Icaria Editorial; 2018. ISBN: 978-84-947408-3-1.

2. Fernández-Savater A. Habitar y gobernar. Inspiraciones para una nueva concepción política. Barcelona: NED Ediciones; 2020. ISBN: 978-84-182730-3-2.

3. Prats F, Herrero Y, Torrego A, editores. La gran encrucijada. Sobre la crisis ecosocial y el cambio de ciclo histórico. Madrid: Libros en Acción; 2016. ISBN 978-84-944051-6-7.

4. Federici S. El patriarcado del salario. Madrid: Traficantes de Sueños; 2018. ISBN: 978-84-948068-3-4.

5. Puleo A. Ecofeminismo para otro mundo posible. Madrid: Cátedra; 2011. ISBN: 978-84-376272-9-8.

6. Morizot B. Maneras de estar vivo: la crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Moreno Parrado S, traductora. Madrid: Errata Naturae; 2021. ISBN: 978-84-178008-8-8.

Bibliografía
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G.S. Kirk, J.E. Raven, M. Schofield.
Los filósofos presocráticos.
2. ª ed, Gredos, (1987),
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A. Pérez-Caramés.
Introducción. Los cuidados en la encrucijada del cambio social. Atlánticas. Revista Internacional de Estudios Feministas., 5 (2020), pp. 1-16
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M.D. Mirón Pérez.
Entre la casa y el ágora: género, espacio y poder en la polis griega.
La Aljaba., 18 (2014), pp. 11-33
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World report on social determinants of health inequity., (2025),
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G.E.A. Dever.
An epidemiological model for health policy analysis.
Social Indicators Research., 2 (1976), pp. 453-466
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Estadística del Gasto Sanitario Público (EGSP): principales resultados. Serie 2002-2024 [Internet].
Ministerio de Sanidad, (2026),
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Conselleria de Sanitat de la Generalitat Valenciana.
Tablas retributivas del personal de instituciones sanitarias dependientes de la Conselleria de Sanitat.
Generalitat Valenciana, (2025),
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OMS.
Quality in primary health care.
Technical series in primary health care., (2018),
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Ministerio de Sanidad.
Barómetro Sanitario 2024. Valoración del sistema sanitario por la población general [Internet].
Ministerio de Sanidad, (2025),
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P. Morland.
Una mujer afortunada.
Taurus, (2021),
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