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Vol. 50. Núm. 1.
Páginas 167-171 (Enero - Junio 2016)
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Vol. 50. Núm. 1.
Páginas 167-171 (Enero - Junio 2016)
Reseña
DOI: 10.1016/j.antro.2015.10.009
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Maya Lorena Pérez Ruiz.Ser joven y ser maya en un mundo globalizado, INAH, México, 2015, 419 pág.
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Cristina Oehmichen-Bazán
Autor para correspondencia
cristina.oehmichen@gmail.com

Dirección postal: Instituto de Investigaciones Antropológicas, Circuito Exterior, Ciudad Universitaria, Coyoacán México, Distrito Federal C.P. 04510, México.
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, México D.F., México
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Este libro presenta un estudio longitudinal que abarca treinta años de historia reciente. A partir de la observación participante en dos tiempos, la autora vuelve sobre sus pasos y recorre los caminos que había transitado en la década de 1980 para dar cuenta de los procesos de cambio y permanencia cultural en Yaxcabá, comunidad en donde trabajó en sus años mozos. En aquel tiempo, la joven antropóloga realizaba su primera incursión en el campo de la antropología, cuando las preguntas pertinentes se referían a la milpa y a la sustentabilidad de la economía campesina. Hoy, regresa a la comunidad que la vio formular sus primeras preguntas de investigación antropológica, después de haber transitado por otros caminos, otras preguntas, otros lugares. Maya Lorena Pérez Ruiz acude con nuevas preguntas y se acoge a las formas clásicas de hacer antropología, esto es, abrir muy bien los ojos y tener una escucha atenta, para captar a la comunidad y a sus sujetos de estudio, en toda su riqueza y complejidad. La observación participante, el diario de campo, la reflexión antropológica y la discusión sobre los hallazgos con colegas y amigos han dado por resultado este maravilloso libro que nos devuelve al oficio de hacer antropología desde una perspectiva holística.

Los sujetos-objetos de su estudio son los jóvenes de Yaxcabá, muchachos y jovencitas que aún no habían nacido cuando Maya Lorena ya se preguntaba sobre la relación entre la persistencia cultural de los mayas y la milpa de esta comunidad maya yucateca. El libro se cuestiona sobre las maneras de ser joven y de ser joven maya yucateco, y para ello acude a interrogar a los jóvenes, pero no solo a ellos. Se aproxima a los padres y abuelos, a las nueras y suegras, a los abuelos y a los adolescentes, a los que son migrantes y a quienes se definen como milperos; a las chicas que usan el terno pero prefieren vestirse como «catrinas». En fin, este es el resultado de una investigación longitudinal, en dos tiempos, en que la antropóloga parte de nuevas preguntas, en un nuevo contexto y con nuevos enfoques, preocupaciones y puntos de partida. Maya Lorena se pregunta por el devenir de la cultura entre los mayas yucatecos y la manera en que el ser maya es visto a través de la mirada de las jóvenes generaciones.

El estudio sobre los y las jóvenes en una comunidad maya es una ventana que le permite a la autora reflexionar sobre el devenir de las culturas indígenas, sobre los cambios en las relaciones de género y generación derivados de la interacción de lo local con los procesos globales. Con ello, el análisis de la interconexión de lo global y lo local, lo glocal dirían algunos, deja de ser una frase hecha para ser demostrada con datos empíricos, a partir de la entrevista en profundidad, la encuesta y la observación antropológica. Solo una mirada holística, antropológica desde la más clásica perspectiva disciplinaria, es como se pueden dar respuestas a fenómenos sociales complejos, síntesis de múltiples determinaciones.

Los procesos de cambio y continuidad sociocultural experimentados por una comunidad maya antes dedicada al cultivo de la milpa y con algunas salidas hacia el exterior, y su tránsito hacia lo que en términos de Eric Wolf podríamos llamar una «comunidad abierta», se presenta de manera acelerada. Se trata del estudio de una comunidad inserta en procesos regionales, nacionales e internacionales que imprimen una cotidianidad marcada por las comunicaciones globales y la influencia de la televisión, por el uso cotidiano de la Internet y el deseo y la necesidad de emigrar. Todo ello presiona a la sociedad hacia el cambio sociocultural, principalmente a sus jóvenes. En ellos se expresan de diversas maneras aquellas pautas culturales que la sociedad adopta y hace suyas, como una manera de refrendar su pertenencia comunitaria, sus prácticas sociales tradicionales que les son propias. Pero es también a través de los jóvenes que la sociedad comunitaria experimenta aquello que los antropólogos culturales observaban como la adopción de pautas culturales ajenas que se insertan en la cultura propia. En la más clásica línea de reflexión antropológica, Maya Lorena nos devuelve a una perspectiva disciplinar en la cual los antropólogos buscan elucidar si el cambio cultural se da por la sustitución de los elementos propios para acuñar elementos externos, o bien, saber si estos últimos se incorporan y se adaptan a la cultura propia, enriqueciéndola, transformándola. En este estudio, la autora muestra profundos cambios derivados de los procesos de la denominada «globalización» expresados en nuevos consumos culturales, que se dan a la par de la persistencia cultural que se observa en pautas de cortejo y matrimonio, en la práctica del hetzmek, y el trabajo en la milpa, sobre todo cuando los desastres meteorológicos afectan a las zonas turísticas a los jóvenes suelen salir a trabajar.

Este libro es también una etnografía compleja. Ya no estamos ante una mera descripción de la comunidad a través de la fiesta o del sistema de cargos omniexplicativo de todos los fenómenos sociales, cuyo corte epistemológico permitía completar un cuadro funcional y armónico. Esta etnografía, por el contrario, da cuenta de las múltiples dimensiones de la sociedad y la cultura que se vienen a expresar de una forma poco predecible y, muchas veces, poco armónica. En eso este trabajo se distingue de los estudios clásicos que se emanaron dentro de una perspectiva estructural funcionalista. Tampoco se trata, en este caso, solo de ver cómo los y las jóvenes se distinguen por sus gustos musicales y que tienden a conformar grupos identitarios a partir de sus gustos y consumos culturales. Lejos de ello, la obra hace referencia a la diversidad de jóvenes presentes en Yaxcabá: hay jóvenes estudiantes de bachillerato, con quienes trabaja de manera muy cercana y que se distinguen de los jóvenes migrantes y de aquellos que siendo jóvenes se definen como mayeros y/o como campesinos milperos.

Este libro es un estudio holístico en el que se analiza a los jóvenes que se insertan en el entramado de relaciones sociales, la manera en que se estructuran las relaciones con sus pares, la forma en que interactúan con el contexto social y cultural más amplio. Es un trabajo que transita por la frontera entre los estudios de género, el de las identidades étnicas y las identidades juveniles. Parece una verdad de Perogrullo afirmar que las comunidades indígenas hoy en día viven procesos de cambio, pero también de continuidad cultural, o bien, señalar que las comunidades se actualizan y refuncionalizan sus prácticas socioculturales. Aquí se demuestra que el cambio y la continuidad cultural expresan diferentes niveles de integración y de conflicto, tales como aquellos que se derivan de las relaciones de género y de generación. Esto es claro sobre todo cuando los y las jóvenes reivindican un modo de vida y una manera de ser y estar en el mundo que a veces choca con la de sus mayores. O dicho en otras palabras, vale preguntarse: ¿cómo ser maya cuando el conflicto emerge entre los tradicionales mandatos de género y el ansia de las adolescentes, escolarizadas y conectadas en el espacio cibernético global, que buscan una manera diferente de ser mujer más allá de los cánones tradicionales?

Para analizar la manera en que los mayas yucatecos han asumido el concepto de ser joven, Maya Lorena se pregunta por la sexualidad, tema que parece un tabú no solo entre los lugareños, sino muchas veces también entre los académicos. Para hablar de la sexualidad entre los jóvenes mayas, la autora acude a crónicas, relatos y diccionarios de lengua maya, así como a las entrevistas con las personas mayores. Ello le permite dar cuenta de cómo la sexualidad es interpretada por personas de distintas generaciones y asumida por los y las jóvenes. La autora observa algunos términos que se emplean para designar el ser joven y ser mujer, que por sí mismos connotan un conjunto de prescripciones de género. Por ejemplo, una de sus informantes utiliza un término chu’palech para referirse a las muchachas que son púberes y solteras. El término, más que definir un rango de edad, se asocia con lo que la mujer, quien por su condición de género y edad representa para la comunidad un peligro, tanto para ella misma como para los varones a los que se aproxima. Chu’palech, significa que una muchacha está en peligro y que a su vez genera peligro. Tal caracterización se asocia a normas de control sobre su sexualidad femenina y su capacidad reproductiva. Maya Lorena muestra cómo las prescripciones de género se encuentran ancladas en el habitus, en la cultura internalizada que determina diversas prácticas del ser hombre y del ser mujer. Aun hoy en día, no es bien visto que las muchachas salgan solas a la calle, tengan novio sin la autorización de los padres, o se abracen y se besen con el novio en lugares públicos.

A diferencia de los varones, el ser mujer joven es una condición que se asocia al peligro. Mientras que a los muchachos se les llama paal, táankelem o xi’ipal, haciendo referencia a su soltería como característica del ser joven, términos en los que se asocian la fuerza y el vigor, mientras que en el caso de las mujeres el ser joven se asocia a la sexualidad. Así también, en la lengua que hoy practican los jóvenes mayas se hace la distinción entre los vocablos que designan el niñas y niños, y el que se utiliza para las muchachas, el xlo’obayan, para hacer referencia a su primera menstruación, símbolo que marca el momento en el que la chica ya está en peligro. A las muchachas se les denomina xlo’obayan, que según él literalmente significa «en peligro», mientras que a los muchachos estudiantes de bachillerato entrevistados se les llama taankelem paal, que significa «los que ya tienen la fuerza sus hombros». Así pues, las categorías de género están inscritas en la lengua y permiten reproducir una cosmovisión en la cual las distinciones y prescripciones de género.

Si bien se observan estas persistencias culturales, la autora también muestra los cambios que han ocurrido en estos últimos treinta años en Yaxcabá. Se ha dado una especie de «aceleración de la historia» que se expresa en la incorporación masiva de las mujeres a la escuela, a los procesos migratorios y al trabajo asalariado; asimismo, observa la creciente dependencia del salario y de los recursos procedentes del exterior. Debido a la migración, las pautas de matrimonio, en el que la endogamia hay sido una práctica preferente, ha venido cambiando, aunque las prácticas de cortejo se siguen llevando a cabo. El noviazgo dura entre dos y cuatro años, después de que el muchacho demuestra ser trabajador y responsable, no tener vicios. Ahora, los matrimonios con personas de fuera de la comunidad suceden con mayor frecuencia que hace 30 años. Aunque poco se habla con los fuereños de la sexualidad, los chismes y los rumores son una forma de control social sobre la sexualidad de los y, sobre todo, de las jóvenes.

El poner de relieve la complejidad de los procesos de cambio y continuidad cultural, así como las relaciones interétnicas en Yaxcaba, nos ayuda a entender la diferencia entre lo que es ser maya o mestizo, ser maya o mayero, entre ser catrín o milpero, o entre ser yucateco y mexicano, y la manera en que estas categorías de clasificación social persisten y se modifican a causa de los procesos globales que inciden en la comunidad.

Los conflictos generacionales tienden a acentuarse a partir de los cambios, sobre todo porque los y las jóvenes buscan mayores espacios de decisión. Maya Lorena observa, por ejemplo, que, debido a la migración, el control de la sexualidad de las mujeres se acentúa por parte de los padres en el caso de las muchachas o de la pareja en el caso de las mujeres casadas. El control que viene por parte de la suegra, quien vigila el comportamiento de la nuera y mantiene sobre ella el control, es todavía más estricto cuando el esposo sale a trabajar fuera de Yaxcabá. Al igual que en otras comunidades orientadas a la migración, las mujeres que se quedan en los lugares de origen de los migrantes se encuentran sujetas a fuertes presiones sociales, muchas de ellas derivadas de las malas relaciones con sus suegras. Algunas de estas relaciones rayan en el maltrato y originan conflictos, no solo a causa del control de la sexualidad de las nueras, sino también en aquellos que se originan por la toma las decisiones importantes del hogar, como el establecer quién maneja el dinero.

Las jóvenes solteras demandan su derecho a decidir, a tener mayores espacios de libertad, a vestirse a la moda, salir a fiestas, tener amigos y amigas, ser independientes y tener también derecho para estudiar y trabajar, si esta es su decisión. Para las esposas jóvenes, salir de la casa de los suegros y contar con su propio hogar es una de sus metas más preciadas. No obstante, los conflictos pueden suceder aun viviendo en casas separadas, sobre todo cuando se trata de asuntos de dinero. En ambos casos, las jóvenes y los jóvenes buscan tener una mayor capacidad de agencia y espacios de decisión. Esto genera conflictos intergeneracionales.

La migración se ha intensificado en estos treinta años. Ello ha contribuido a los recursos económicos con los que cuenta la comunidad y como una manera de dar salida a los jóvenes que carecen de tierra para dedicarse a la milpa. No obstante, la migración acarrea otros problemas. Una de las preocupaciones de los adultos es el problema del alcoholismo y la drogadicción, sobre todo entre los jóvenes varones. La expansión de las adicciones es atribuida a la migración, pues se piensa que esos nuevos hábitos fueron adquiridos fuera de la comunidad. Las reacciones ante esos problemas son diversas: desde los lamentos hasta la acentuación de actitudes autoritarias que refuerzan el control sobre los jóvenes y que les prohíben a los jóvenes ir a fiestas o a pasear a la calle. Las jóvenes son vigiladas y presionadas a través de los chismes y rumores. Los adultos, observa la autora, son incapaces de detener o de prohibir abiertamente las expectativas de los hombres y mujeres jóvenes, que buscan tener un mayor espacio de decisión sobre sus propias vidas.

Por otro lado, hay que considerar que los jóvenes cuentan con una mayor escolaridad que sus padres y, en el caso de los migrantes, con una mejor posición económica. Todo ello influye para que algunos los jóvenes subvaloren las prácticas culturales de las generaciones precedentes. La autora observa los sentimientos ambivalentes de las personas de la comunidad frente a la migración y la «modernidad». Por un lado, aprecian los recursos que se obtienen del trabajo asalariado y se perciben como indispensables para que el pueblo se desarrolle; pero por otro lado, trabajar fuera de la comunidad es percibido como el origen de los aspectos negativos, como la rebeldía y la pérdida de costumbres entre los jóvenes. En el peor de los casos, se le ve como una práctica que introduce la drogadicción en la comunidad. No obstante, este tipo de consumos no ha traído la conformación de grupos pandilleriles en la comunidad.

El cultivo de la milpa es una práctica ancestral que los yaxcabeños siguen practicando. Los jóvenes milperos pueden ser mayeros o españoles, según el sistema de clasificación interétnica que aún prevalece en la comunidad. Hay milperos con apellidos mayas, pero también los que tienen apellido español. A pesar de las diferencias en este sistema de clasificación interétnica, la milpa sigue siendo un elemento central de la subsistencia, pero también una práctica central de la tradición que refrenda una cosmovisión. El sistema de milpa tradicional maya tiene muy bajos rendimientos. No obstante, continúa siendo una base productiva, social y cultural que les permite a las familias resguardarse de crisis específicas. La autora muestra cómo después de los huracanes Isidoro y Wilma, ocurridos en 2002 y 2005 en la Riviera Maya, los migrantes regresaron al pueblo por falta de trabajo. Allí, acudieron a la milpa familiar para sortear la temporada crítica, para después reanudar sus actividades en esa zona turística.

Maya Lorena analiza los procesos de identidad social en Yaxcabá y observa entre las persistencias culturales la distinción étnica entre personas con apellidos mayas y con apellidos españoles. Los apellidos estaban en el pasado asociados a la diferenciación y pertenencia de clase. No obstante, advierte que en la actualidad ya no se presenta en todos los casos la coincidencia que equipara al apellido maya con el trabajo en la milpa. Hay milperos que tienen apellido español y que, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, ya no pueden usar la tierra para enriquecerse a expensas el trabajo ajeno. Por otro lado, existen familias de origen maya que se han convertido en prósperos productores capitalistas, a pesar de que llevan como herencia una cosmogonía y un sentido de la vida que ponderan la colectividad sobre el interés individual. Así pues, entre los cambios que se observan cierta tendencia hacia la disociación entre el apellido, la actividad económica y la pertenencia de clase.

Y esto es así porque en el complejo entramado de las relaciones interétnicas, sucede también la contienda por las representaciones sociales, las personas con apellido maya y que tuvieran como primera o única lengua la maya, son mayeros. Pero hay también personas, sobre todo adultas, que hablan maya y tienen apellido español y se autodefinen como mayeras, sin ser reconocidas como tales por otros, es decir, por aquellos que se autorreconocen como mayeras, por hablar maya, pertenecer a grupos familiares que se asumen, y se reconocen y son reconocidos como descendientes de los antiguos mayas y poseen apellido maya. Como señala Maya Lorena, la contienda por las clasificaciones sociales se extiende también hacia quienes se definen como milperos, pues no basta con sembrar maíz para serlo, incluso si comparten un mismo sistema tecnológico, de allí que el carácter de milpero se adquiere fundamentalmente por el tipo de relación y de la actitud que tienen los productores y sus familias hacia el mundo de la naturaleza del que forman parte. Nunca será milpero, pues, el que siembre maíz para enriquecerse.

El ser maya y la construcción de la identidad maya en Yucatán es algo que también está a debate, tanto en las comunidades mayas como en el mundo académico. Para algunos autores, señala Maya Lorena, esa identidad es una construcción externa a los así denominados, mientras que para otros se trata de una identidad que ha persistido en el tiempo y que tiene un trasfondo cultural milenario. No existen consensos al respecto. En esta obra, que pronto se convertirá en un libro imprescindible, el lector se pone al corriente de esos debates. Vaya, pues, esta presentación como un agradecimiento a esta aportación antropológica de una etnografía compleja y original, y de muy largo aliento.

Copyright © 2015. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Antropológicas
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