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Indiscreción y derecho a la intimidad en el sistema sanitario

Indiscretion and confidentiality in health-care services

Juan Antonio Garrido Sanjuán a

a Servicio de Medicina Interna. Hospital A. Marcide. Ferrol. La Coruña.

Sr. Editor: En relación al trabajo de Verdú1, sobre el secreto profesional entre los derechos humanos, quisiera hacer algunas consideraciones que, si bien entiendo que su artículo no pretendía agotar el tema que plantea, pueden quedar algo relegadas en su importancia respecto a otros contenidos sí abordados.

En primer lugar, matizar que a la hora de hablar de derecho humano es más adecuado referirse a la confidencialidad o derecho a la intimidad, concepto más bioético derivado de los derechos de los enfermos, que al secreto médico, al estar este concepto más ligado a los deberes del profesional y, por tanto, a la deontología. Se trata de un derecho con una fundamentación paralela al respeto a la autonomía de la persona2.

Hay cuestiones o problemas que una regulación legal, necesaria en el ámbito social en que vivimos, nunca conseguirá resolver. La organización actual de la asistencia sanitaria dificulta enormemente la preservación tanto del concepto clásico de secreto médico como del concepto más actualizado de confidencialidad. Esta problemática quedaba ya muy bien recogida hace casi 20 años en un brillante artículo de Siegler3: hay muchas personas implicadas en la resolución de los problemas de salud de los pacientes, especialmente en los centros hospitalarios, varias de las cuales tienen un motivo justificado de acceso a la historia clínica del mismo. Aunque sea importante buscar nuevos mecanismos de preservación de la confidencialidad aplicables a esta nueva organización de la asistencia y al aumento de datos especialmente «sensibles» que quedan recogidos en la actualidad (hábitos de conducta, datos psiquiátricos, estudios genéticos), ninguno de ellos va a garantizar con eficacia la misma. Hay un único mecanismo que puede ayudar a sustentar la defensa de este derecho a la intimidad: reforzar, incluso hasta la «exageración», la importancia de la educación en este valor, no sólo de los médicos, sino del resto de personas implicadas en el trabajo sanitario. La «exageración» se refiere a extremar este cuidado ya con los datos menos «sensibles» para evitar así que se escapen los más «sensibles». El esfuerzo debe encaminarse a potenciar el papel de cada uno en su propia parcela, desde dos vertientes. Por un lado, mediante el autocontrol personal no accediendo a datos que uno no precise; por otro, convirtiéndose cada uno en defensor de ese derecho del paciente cuidando que no accedan a sus datos terceras personas. La responsabilidad del médico en este ámbito queda reflejada en el artículo 15 del nuevo código de ética y deontología médica de la Organización Médica Colegial4: «el médico tiene el deber de exigir a sus colaboradores discreción y observancia escrupulosas del secreto profesional. Ha de hacerles saber que ellos también están obligados a guardarlos. En el ejercicio de la medicina en equipo, cada médico es responsable de la totalidad del secreto. Los directivos de la institución tienen el deber de facilitar los medios necesarios para que esto sea posible». Esta educación debe potenciarse en los distintos ámbitos de formación de los profesionales sanitarios y no sanitarios que participan en el proceso asistencial, incluyendo facultades y escuelas de enfermería.

En relación con ello quiero resaltar un tema no planteado en dicho artículo1 y en el que esta educación hasta la exageración debe ser trabajada especialmente. Se trata de la pérdida de la confidencialidad por «indiscreción»; es decir, el intercambio de información que ocurre frecuentemente en las habitaciones de los hospitales, en los controles de enfermería, en los pasillos, en los ascensores, cafeterías e incluso fuera del área específicamente sanitaria. Esta información obtenida por el acceso, a veces fugaz y no claramente justificado, a datos directos o indirectos de las historias, sale así del contexto en el que fue obtenida, pervirtiéndose el objetivo con el que fue cedida. Este contexto no es otro que el ejercicio, que no renuncia, del derecho a la intimidad que el paciente hace al brindarla al médico en el seno de una relación de confianza. Como dice Siegler3, citando el código de ética médica de Percival, se contribuye a la protección frente a esta indiscreción cuidando hasta el «tono de voz» en que se manejan estas informaciones. Este mecanismo de ruptura de confidencialidad, la indiscreción, puede hacer más daño a los pacientes y les preocupa más que el que muchos profesionales de forma justificada accedan a los datos de su historia clínica, que sí creyó ceder únicamente a su médico. La intimidad se ve más alterada cuando personas que conocemos (p. ej., amigos, familiares, compañeros de trabajo) reciben informaciones íntimas no autorizadas por nosotros que cuando esos datos pasan por manos de un administrativo o un profesional del hospital anónimo para nosotros.

Los pacientes tienen derecho a conocer el cambio en el concepto actual de confidencialidad médica siendo informados de que hay varias personas con acceso justificado a sus datos de salud para abordar su diagnóstico y tratamiento, porque trabajan para él. Sin embargo, la «indiscreción» no forma parte de este cambio necesario en el concepto de confidencialidad y hay que trabajar y concienciar a nuestro entorno profesional para cuidar este aspecto. Es la única forma de que podamos garantizárselo al paciente. Debe tener la tranquilidad de que esos datos serán manejados por profesionales que van a trabajar para buscar su curación, mejoría o, al menos, su cuidado, pero quedarán preservados de intereses de terceros, con vínculos de distinto tipo con el paciente (p. ej., familiares, amigos, compañeros de trabajo, agentes de seguros) y no autorizados por él. Este esfuerzo exagerado en este cuidado está por encima de que los pacientes sean ellos mismos discretos o no con sus datos de salud. Las indiscreciones del propio interesado respecto a los mismos no nos autorizan a ser «indiscretos».

En conclusión, cuando una persona concede voluntariamente a alguien acceso a su intimidad, este acto es un ejercicio de su derecho a la intimidad y no una renuncia al mismo. Yendo más allá de la afirmación final de Verdú, los médicos no debemos ser simplemente considerados con los derechos humanos sino defensores de los mismos, sobre todo cuando alguno de ellos está especialmente en riesgo.

Bibliography

1.Verdú FA. El secreto profesional entre los derechos humanos. Med Clin (Barc) 1999; 112: 544-545.
2.Beauchamp TL, Childress JF. Relaciones profesionales entre el sanitario y el paciente. En: Principios de ética biomédica. Barcelona: Masson S.A., 1999; 379-443.
3.Siegler M. Confidentiality in medicine ­ a decrepit concept. New Engl J Med 1982; 307: 1518-1521.
Medline
4.Código de ética y deontología médica. Organización Médica Colegial. Madrid, 1999